14 de junio de 2006

Ruin Mapocho .-

Ruín Mapocho
Por Andrea Ocampo.

“¿Qué mas indicios ostensibles podría pedir el observador para explicarse las arrugas prematuras que se dibujaban en la espaciosa frente de Santiago, para comprender la concentrada expresión de sus ojos, la febril palidez de su semblante y la seria contracción de sus labios descoloridos?” [1] .
Para hablar del Río Mapocho hay que pasar por la anécdota de su nombre, ya que sin ella perderíamos el compromiso de su –siempre actual- proximidad. El Río Mapocho posiblemente debe su nombre a la palabra Mapuche. Palabras que con dos letras distintas, muestran –además- los dos bordes que lo conforman. Es el cambio de “gente de la tierra” a la indicación de un río, que -para hacer lugar (tierra)- debe inaugurar pertenencia (río). Luego la condición de ser del río es ser la fundación de una ciudad que esta siempre “junto a”: una ciudad dependiente que se eleva como la conquista del río en su posibilidad de asentamiento, y por ende, de vida. Origen de urbe.

Pero por otro lado, se dice que “Mapocho” significaría un simple pedregal cruzado por un arroyuelo que se pierde en la tierra: figura que no es más que la onomatopeya del río, la figura hablada de lo que es un río. Pero es una palabra -que en su figura- traza la línea como una dirección obligada de sucesión, de pasar y de pasado. Línea que en su orilla –exactamente en su tramo medio- funda a Santiago. “Santiago” como el nombre de un Santo Cristiano, heredado por el Español, que crece a orillas de una palabra Mapuche. Santiago que es área urbana, y no tierra, que es ribera norte y ribera sur.

La Chimba (hoy Recoleta e Independencia), fue la primera zona agrícola que dio paso al sucesivo poblamiento de las riberas del “camaleónico río”. Adjetivo regalado por -la pobre- historiografía chilena debido al cambiante color de sus aguas (cristalinas en invierno, amarillentas cuando se tiñen con residuos de minerales azufrados, y barrosas durante los deshielos de primavera) y de su volumen (lo que en verano parecía un simple arroyuelo cada tantos inviernos se abalanzaba, al son de sonajeras de piedras y de gemidos de los troncos que arrancaba a su paso). Es ante este panorama colorinche, que el gobierno colonial debió construir tajamares que protegieran a la –emergente- ciudad de las crecidas del río, ya que -cuenta la historia- que una vez que la ciudad creció, también lo hizo el caudal del Mapocho (crecidas de 1972, 1976, 1982, 1987 y 1997).

Simultáneamente al desborde -de los bordes del río-, los problemas sociales que implicó la inhabitabilidad de sus márgenes, dieron lugar a que los conventillos y cités, empezaran a ser reemplazados por habitaciones aún más precarias. Así nacen las primeras poblaciones callampas en 1947 y con ella el subtitulo colegial de “La cuestión social”.

En el lecho del río Mapocho, y en los terrenos rurales deslindantes con la ciudad, aparecen débiles e insalubres construcciones de tablas, cartón “fonolitas” y zinc, improvisados durante una noche. Por otra parte, la venta de terrenos no urbanizados y, a menudo con graves problemas en sus títulos -los loteos brujos-, constituyó un nuevo estímulo a la proliferación de las callampas marginales de Santiago, Concepción y Valparaíso [2] .

Por tanto, hablar del río Mapocho no es sólo hablar de la columna vertebral de la urbanización chilena, sino que además de un sistema hídrico que se alimenta de las lluvias y el derretimiento de las nieves, y que se constituye en el hundimiento de tierra que cruza la capital de este a oeste.

Implica entonces, hablar de agua y de tierra, por ende, de Naturaleza. De aquella que atraviesa a Santiago (que lo cruza canalizando el centro-norte de la ciudad) desde su inicio hasta su término [3] . Desde antes de ser río, desde el momento de no tener nombre (“Mapocho”), dirección (este-oeste), ciudad (Santiago), puentes (Loreto, Purísima, etc) y agua. Lo atraviesa desde su marco, desde su cuenca cordillerana, desde los Andes y sus cordones transversales, que no son otra cosa, que sus antepasados no corroídos por el tiempo, aquellos que han quedado sin tiempo.

El joven Mapocho tiene tiempo propio, que para nosotros -sus viejos habitantes- opera como opacidad, como una bruma cargada de ruidos, como lo incategorizable desde nuestro moderno reloj vital, pues el tiempo del Mapocho es el tiempo de la muerte. Muerte de los cuerpos inertes de los suicidas, de los detenidos desaparecidos, de los asaltados, de los muertos de hambre. Es siempre muerte renovada , pues la sed del Mapocho es la sed del hambre.
Zona de plagas donde la dormida come
lentamente
su corazón de medianoche. [4]
Es la necesidad del desecho, pero del desecho de sus márgenes no de su línea, pues el desecho es un hecho en el Mapocho: es la noticia de lo que ocurre fuera de él, del uso de la materia y del olvido de la misma. El desecho como basura es la fibra del río, es el músculo de su órgano plástico y flexible. La basura es, entonces, la naturalización del resto por el cual, el río se bautiza como el lugar de los restos; ya sea de los restos de los cuerpos, como del cuerpo del resto, pues -en su materialización- los órganos en estado de residuos, indican un “antes” que no asombra, ni se asoma por el canal del río.

Los residuos son escombros, y con ello, la consumación de la condición de despojo con la que el río magnetiza toda clase de “resto de cosa”. Porque no atrae cosas, atrae lo que quedó de ellas; no atrae la res, sino el resto.

El Mapocho como resto es también la posibilidad de su testimonio -del propio y del ajeno-: del deseo-ajeno que es la Historia de Chile, y del propio, que es la historia de lo innombrable, de lo que no ha tenido presencia ni palabra, de lo que ni siquiera se puede etiquetar como “Mapocho”. El resto, en tanto testimonio, constituye el peso de la muerte de lo concluyente, de la finitud que carece del pathos “nostálgico” de la pérdida; luego, sin ese sentimiento que sublima la desaparición, el Mapocho como hoyo negro de nuestro micro-cosmos-de-micros, es también el eterno presente del caudal. Caudal que es eterno pasado.

Pero si el pasado no es un presente ya sido -que quedó a las espaldas y a las que se podía retornar dando la vuelta-, el pasado se torna principio y también efecto de aquello que regresa. Pero a ese tiempo se llega tarde o simplemente no se llega [5] . Por lo que hablar de un pasado siempre cargado de actualidad es un peligro. Y es un peligro inminente en tanto implica una memoria no terminada y en permanente construcción de una historia oficial; una Historia que viene desde la ciudad y que se lanza al vacío de los restos una vez que el contar la historia se vuelve un ejercicio de reconocimiento de los cadáveres que subyacen en el fondo de la Historia. La ciudad así, reconoce en sus restos, la opacidad indómita e impronunciable de los deseos. Vale decir, lo bárbaro de la civilidad naufraga en su centro.

El Mapocho como eje, centralidad, y puntualidad contrasta con su hábitat marginal y promiscuo, contrasta con la marginalidad -que es pobreza re-nombrada- en el eterno presente de un fluir que recorre transversalmente un río que cruza, y que, como trazo –que cruza- es puente que conecta el oriente con el poniente, sin viceversa.

La dirección vectorial del río es un espacio roto, es un vacío que se resiste a la tradición, al deseo de continuidad (de la tierra y de la ciudad), y que por lo mismo, se constituye en un espacio interno, abierto y central, que pone en suspenso lo que muestra.

El río Mapocho suspende lo que deja ver: la cerrazón y la clausura de la ciudad. Por consecuencia, la ciudad -como un plano sin interrupciones- cae en su intento de homogeneización e historicidad, lo que implicará el descontrol de un flujo, que no es otra cosa, que el humano deseo de controlar la naturaleza.

La naturaleza, como posibilidad del azar, contrasta con la hegemónica decisión de circular en la ciudad, y con la dirección original del flujo de los restos. La circulación es multiforme, en tanto que el caudal es uniforme. Y esto es una paradoja, porque es la circulación urbana la que desea uniformidad, no el río. El río no lo desea, y (en) ese choque -que es cruce- encontramos un punto focal desde donde la naturaleza no-naturalizada organiza su cuerpo. Cuerpo que, antes que nada, y después de la ciudad, será anónimo, pues en su trama sólo quedará inscrita la historia –su discurso- como el referente terrenal.

La tierra es indicada por el agua como lo sepultado, pero lo sepultado obedece al suelo-raíz, a la pertenencia, a la vida, a la historia y a la circulación: no a la tumba. La tumba no obedece a la plancha de cemento que se le pone encima, sino a su carácter de cavidad abierta, que se vuelve cripta por otro, no por si misma. Es decir, mientras que en el Mapocho la tumba abierta grita lo oculto, Santiago, en su tumba cerrada, borra el origen de su cuenca, de su hueco, de su nombre heredado por lo españoles: de su lengua.

Esto equivale a decir, que el río como profundización de superficie, es ocasión de conmemoración –ya sea de fundación, de herencia, de restos y/o de sus secretos. El secreto nombre del río no se recuerda, y es ante ese olvido que se reproduce la ilusión del rememorar. Ilusión -en tanto que caudal- lleva el eterno presente que nunca deja de pasar, y que por tanto, nunca puede indicar hacia “atrás”.

La vista dislocada del río es también la posibilidad del río como desplazamiento de interioridad. Y con esto no sólo hablo de “interiores” como restos de un resto, sino también como la posibilidad de que Santiago se constituya como cristalización de ese desplazamiento. Santiago “en-causa” su río, y con ello inmoviliza su interioridad, fragmenta su cuerpo como una huida. Pero ante esa parte vuelve otra parte: una nueva fragmentación capital, que huye de si dividiendo [norte / sur], [este / oeste], pero también [agua / tierra]. Las partes entonces se prestan al juego de cicatrización, y sobre esto se construyen puentes.

Puentes que son uniones artificiales, prótesis de la falta –interior- de Santiago. La falta de tierra invita al enlace falso que une para comunicar, para dejar circular, para hiperventilar las direcciones. Los puentes así, hacen común-unidad. Ante esto nos encontramos, por un lado, con la re-construcción para ubicar, y por otro, con la construcción que rompe con la forma de la tierra, pero que en su ruptura hace emerger su continuidad. Los puentes, son construidos en Santiago para desubicar, para extraviar, para dar lugar a un lugar virtual, que depende del nombre de lo que no tiene un –sólo- lugar: los trozos de río.

El Mapocho despedazado deja de ser un nombre y se vuelve un fenómeno en constante des-composición y re-composición. Se desintegra en tanto unión heteróclita de elementos, y se re-úne, en tanto nombra y distribuye -con su pasar- la distinción comunal. El Mapocho es descomposición en tanto que en él yace lo arrancado de contexto, pero también es composición en tanto que es el contexto del texto urbano. Es el Mapocho el que da lugar, entonces, al contexto referencial de factibilidad de funcionamiento de las cosas. Pero da testimonio del vestigio de lo que fue dicha función.

El Mapocho como posibilidad del discurso, como retorno del pasado que es -ahora y siempre- la economía histórica del presente de la ciudad, es la condición de ser testigo ocular de la memoria ilusionada del progreso, del tiempo homogéneo y vacío. Del vacío del tiempo y de sí mismo. La subida del río en invierno vendría a ser la memoria des-ilusionante del desecho abandonado. Desecho que ahora se funda como infraestructura de la ciudad y que la divide –nuevamente- como en los que viven [arriba y los de abajo]. La lluvia abandona la ciudad inundándola de desechos.
UN ABANDONO
Un abandono en suspenso.
Nadie es visible sobre la tierra.
Sólo la música de la sangre
asegura residencia
en un lugar tan abierto. [6]
El río aparece como el lugar de lo que quedó olvidado y en estado de abandono, que en su donar ha perdido toda pertenencia a su “otro lugar”, que como Pizarnik dice, es residencia segura, pero que en Santiago se traduce al lugar abierto de las miradas, a la posibilidad de Monumento.

Pero en este punto es preciso preguntar ¿es el Mapocho un monumento? Por que si esto es así, el río -como desecho- se torna la parodia del monumento, puesto que no gusta, no es novedad, no es turístico y no subministra valor, sino que -más bien- lo quita: lo resta. El Mapocho no subraya la ciudad, sino que la tarja, la tacha, le borra su pretensión estética, su coraje seductor de botín: su postal.

Si se piensa el Río Mapocho como proyecto (ya sea de re-estructuración, de pavimentación, de navegación) se trasladaría la novedad a un eterno presente, presente que no permitiría turismo alguno, que invertiría los términos de construcción de los emplazamientos colindantes (debido a no tener pasado sobre el cual discurrir) y que le pondría una nueva mascarilla mortuoria a los muertos descuartizados de Santiago.

Nuestra ciudad -en el Mapocho- son nuestros muertos, y son “nuestros” sólo por los muertos –y lo que tenemos en común-, no porque nos pertenezcan. La palabra “Nosotros” en el Santiago de puentes queda muy grande, ya que en él algunos viven arriba del Mapocho, otros al lado, unos tantos al norte, otros al sur, y así, al oeste y al este.

Lo realmente nuestro es el Mapocho, pues se abre como nuestra brújula de mierda, como la dirección hacia donde enviar nuestras miradas y nuestras búsquedas. El Mapocho, como un no-lugar de encuentro, es el lugar del desperdicio, de la falta, pero también de la cita. Del darse cita para buscar un sitio en él, en ese espacio que no es ninguna parte (puente), pero que es un aquí que indica la muerte, pues es lo único que queda.

La muerte, que es el soporte del Mapocho, haría que el río estuviera a dos pasos del cadáver exquisito y a cinco metros de profundidad del olvido; y es por eso que la cita no constituiría plataforma ni base, porque al puente le falta el muerto, el muerto que ya no está en su sitio. La falta en su no-estar está doblemente desplazada: de la tierra y del agua. El muerto está aquí y en ninguna parte. Y este lugar (topos) es un “a-topos”, un lugar que no tiene lugar, un topismo sucio, tan contaminado como Pudahuel.

El lugar-que-no-se-da-lugar es inmediato porque está fuera de lugar, en cambio el puente esta mediado: re-significa el vacío abriéndolo, mostrando sus agujeros, nombrándolo de nuevo, y por eso mismo, descentrándolo. El Mapocho con puentes resiste a Santiago desde lo real que él es, desde su naturaleza indomable, desde su magnetismo suicida. Luego, mientras el Mapocho se constituye como real, sus puentes se tornan como los cimientos de Santiago.

La ciudad, como representación de poder (y de la representación que éste se da a si mismo) configura -en sus puentes- la ficción de su legitimidad. Ficción que es jurisdicción, homogeneidad, orden, y territorio. Ficción que es país y país que es ficción, en tanto no tiene otro soporte que el límite del mapa, el vacío de las aguas, el borde del (o de lo) vestido, la fatalidad de lo dominado por su ley.

En el cruce de lo real y de la ficción, no hay subsumición, sino fusión. El Mapocho de Santiago es también el Santiago del Mapocho, y esto es suspendido en la fosilización del río, en la apertura del fósil como ruina. Apertura que es imagen alegórica de un posible capitulo de la “Historia” de la ciudad, como también de la actualización del capitulo en la intervención del río como panorama.

El río es el panorama de la pobreza, es la visión panóptica del que esta arruinado, pero también, es el respiro de la ciudad que anhela traer el campo a la ciudad (traer lo otro a si). Vale decir, el río como imagen alegórica, reúne en si el anhelo de estar en otra parte: primero, porque pareciera no coincidir con Santiago (en su mirada descentrada) y segundo, porque es la presencia de la marginalidad de la ciudad en su centro. El campo que viene a la ciudad en búsqueda de trabajo, “obra” desde el centro de la ciudad, y le sirve a ésta como distracción gratuita, convirtiendo a la ciudad en un paisaje. Pero hablamos de un Santiago-paisaje que nunca saldrá bien en la postal, porque siempre muestra su mascarilla mortuoria, porque siempre teme a la crecida de la muerte que tapa, porque la naturaleza bárbara nunca está superada.

La ruina se presentaba, en Walter Benjamín, como el vasallaje anónimo de los contemporáneos, como el botín de guerra y como el cortejo triunfal de los vencedores. Y en ese sentido, la ruina del Mapocho es Santiago, porque Santiago es el triunfo de los españoles sobre los mapuches, y porque Santiago arruinó el río. La ruina-sobre-la-ruina es la ruina arruinada, la que en su anonimato, es desconocida por el paseante, que -como espectador de la historia- se pasea libremente entre los documentos de la ciudad. Pero ese documento de cultura es, a la vez, documento de barbarie, y con eso retornamos al adentro, al huésped a-temporal de la ruina: lo extraño.

Lo extraño es lo interno, es el visitante que siempre estuvo allí: es el deseo. El deseo de la ciudad es extraño: es un deseo enajenado porque no respondió a la planificación, al control, a la dominación. No respondió a la razón cartesiana implantada por la conquista. Y esa razón rebelde, la historia no la puede dominar, constituyéndola en la condición de su “Historia de ciudad”. Es decir, sólo por el Mapocho tenemos historia de la ciudad de Santiago: la historia de cómo se fue perdiendo de vista la ciudad [7] ante el azar que sólo nos hace ver sus calles. Las calles del Mapocho son sus puentes, y como tales, éstas especializan su fibra: la traducen en arterias, en puentes comunicacionales que traducen los lados del río, y los pedazos de sus habitantes ahogados que yacen abajo.

Podemos hablar, luego, de que si Santiago se debe al Mapocho, es porque en su “línea” ejerce un gesto fundacional que nunca está bien acabado, porque se pierde de vista en tanto horizontalidad. No tiene piedra fundacional, sino que agua fundacional. El Mapocho sucumbe a la depresión, y en su carácter de resto configura una geometría inverosímil a la categorización racional de la ciudad. Pero la inverosimilitud del río, es -por supuesto- un efecto posterior al río, pues éste siempre estuvo, no así Santiago.

Es por eso que el deseo extremo de circulación, reduce al río a su grado cero de presencia, pues el deseo de la ciudad es el deseo de totalidad (condición que el río quiebra). Quiebre que, en un segundo momento, da lugar al discurso y a la experiencia de él, en tanto que experiencia de su estado no-revelado.

Estado que será dirección del vector hacia lo irrepresentable, desde la misma presentación de lo im-presentable. Es decir, la posibilidad del discurso se gatilla una vez que la dirección nunca llega a fin, y que en su andar re-conoce que lo que promete la urbanización “moderna” es una mera maqueta. El río, como lo verosímil, es lo que se necesita negar y no-percibir para que el discurso siga siendo verdadero: para que el río, en último término, se siga llamando Mapocho.

Verosimilud, luego, que es nombrada desde la muerte de la propia cosa (resto), desde la ausencia -de los cuerpos, de los mapuches y del río- que es el dis-curso de los hechos y el meollo histórico constituyente de la “Historia de Santiago”. Y éste es constituyente -aunque no tenga base- pues el Mapocho marca el ritmo del tiempo callejero, tiempo donde la temporalidad no acaba temporalmente. Y éste es el tiempo inaccesible y no-inscrito, pues está muerto antes de ser nombrado; su cuerpo no está donde debe estar: está en constante desplazamiento, está moviendo sus partes.

En consecuencia, el Mapocho tiene su nombre, pero no sabe quien le prestó el nombre, sin embargo, él sigue prestando el suyo (a centros culturales, libros, revistas, exposiciones, micros y recorridos) dando a saber –así- de su ruina.

24 de Abril del 2006.-


NOTAS:
[1] Blest Gana Alberto, El primer amor, ed Santillana, 1998 Stgo-Chile. p. 36.
[2] Villalobos Sergio, Historia de Chile, ed. Universitaria, 1980, Stgo.,Chile, p. 761.
[3] Pasa por las comunas de Lo Barnechea, Vitacura, Las Condes (rivera sur), Providencia, Recoleta (rivera norte), Independencia (rivera norte), Santiago (rivera sur), Renca (rivera norte), Quinta Normal (rivera sur), Cerro Navia (rivera sur), Pudahuel, Maipú, Padre Hurtado, Peñaflor, Talagante y El Monte.
[4] Pizarnik Alejandra, “32” de Árbol de Diana (1962), en Poesía Completa, Ed Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 134.
[5] “… No terminamos de llegar porque nunca vamos de regreso. Retroceder es un modo de avanzar, de distanciarse de lo que quedó atrás. A la historia de la venida se añade un pliegue de tiempo y unas cuantas peripecias más que denominamos la vuelta. El regreso progresa sin arribo. Al pasado avanzamos cargados con la memoria de la ida y de la vuelta.” Thayer Willy, El Malestar en la Inscripción, en Calle y Acontecimiento, ed. Francisco Sanfuentes, Fondart 2001, p. 106.
[6] Pizarnik Alejandra, en Los trabajos y las noches (III), en Poesía Completa, Ed Lumen, Buenos Aires, 2000, p. 198.
[7] Rojas Sergio, Desde la calle no se ve la ciudad, en Calle y Acontecimiento, ed. Francisco Sanfuentes, Fondart 2001, p. 8.
Abril 2006, Sepiensa.net

10 de junio de 2006

El profe Bic.-


Por Andrea Ocampo.

El Omar era el típico profesor de filosofía lolo y de chala franciscana, pelo largo y manos blancas de tiza. Era el profe de las camisas a rayas de papá, pero abrochadas un botón más abajo, toda una novedad para 16 años de virginal ignorancia. Siempre fue raro, y era tan raro que terminaba ganándose la confianza de todo mi curso, haciéndonos confesar las mismas palabras que decíamos en la capilla frente al curita de 200 años y de oreja duracell pero esta vez, en clases y con una sonrisa en la cara.
Le decían el Horacio Saavedra, no por lo pelado y chico, sino porque su gracia era aletear con las manos hasta el techo, vigilar y mover la boca hasta el cansancio: todo mientras el resto del mundo no lo pescaba. El silencio de la clase sólo se abría cuando hablaba de sexo: de Aristóteles pasaba directamente al Kamasutra y del Príncipe de Maquiavelo a la chica con nombre de lavadora con la que se había acostado el fin de semana. Toda una novedad para unas pingüinas-peloliso-aritoperla. Él era todo el infierno del que las monjas nos recluían en un iglú llamado colegio.
De la totalidad de mis compañeras el 70% lo repugnaba con todas sus viseras, mientras que el 25% lo adoraba y el 5% estaba desconcertado, sorprendido y pasmado: el 5% era yo. Porque quién le iba a comprar el discurso de "¿Qué es esto?, ¿Pero quién les dice a Uds. que esto es un lápiz? ¿Ser o no ser? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!", mientras tomaba un bic y lo levantaba para que todos lo miraran. Nadie lo tomaba en serio. Hasta que en 4to me vi llenando test vocacionales, ensayos para la última PAA y ponderaciones para estudiar filosofía. Era el comienzo del fin del profe-lolo.
Cuando entré a Filosofía, lo veía una vez a la semana, agarrado de una maleta llena de libros con olor y ahogado de alumnos reclamándole por las notas. Él también hacia clases en mi Universidad. Como era obvio, conocí a otros viejos sabiondos, aburridos, con tics guturales y manías; viejos que eran sus amigos. Era por ellos que me informaba de lo que le ocurría. Me llegaban las noticias de sus viajes a Argentina, de sus presentaciones en charlas, de sus affaires, de sus resfríos y la majestuosa noticia de su matrimonio. Del cual nunca me di por enterada, hasta que un día de lluvia me invitó a un banquete en su casa, donde él haría de Sócrates y yo de Platón. Los libros siguieron a otros libros y de aquellos pasamos a los siguientes. Las hojas se completaron de gustos y disgustos, de miedos, ausencias y reproches, tal como debía ser, y como Miranda! cantaban en la radio.
El Omar así se desnudó completamente; sus dientes de algodón ya estaban empastados en tabaco, sus ideas novedosas yo ya las conocía y sus chistes eran los mismos. La desilusión propia de la información se presentaba de pé a pá. Él no era el tipo que dijo ser, o más bien nunca fue quién era o yo simplemente lo imaginé. Omar o no-Omar. Después de 5 años claramente ya no era el mino con garra que argüía que el matrimonio era un contrato, y que él por nada del mundo se firmaba ni timbraba. Ya no tenía el pelo largo, ni las chalas, ni las ganas, ni las fuerzas, ni ese mundo que uno esperaba. Las horas de clases, de voyerismo y de repetición de discurso lo apagaron. Las micros en las que se lanzaba para llegar a la hora a sus clases, dieron paso a los taxis y de las noches de bohemia en Bellavista, pasó a contratar internet para intimidar a las chicas que físicamente ya no se le ofrecían. Ya había caído en sus contradicciones y se catalogaba como adulto-fome. Uno de esos de treinta pero que tienen problemas de 15, y que nunca pueden resolver.
Luego de eso no supe nada de él hasta este verano donde programamos juntarnos en la playa. La salida no ocurrió porque a última hora la familia reclamaba tiempo y espacio, reclamaba desde Argentina hasta Viña, así que no había lugar, de hecho nunca lo hubo. Hasta ayer.
Mientras garabateaba en la mesa con el bic de tapa mordisqueada y miraba como la lluvia se filtraba por el techo de la sala, el profesor de turno movía las manos, y hablaba sobre la educación. Decía que el alumno aprende del profesor y el profesor del alumno, y el alumno de si mismo, que para aprender hay que desear y desear hasta el infinito para recrear el mundo. Eso ya lo había escuchado. Golpetié con mi zapatilla la mesa para seguir la canción que había escuchado en la ducha, mientras ansiaba salir volando por la ventana del cuarto piso del edificio copeva. Hasta que mi paraíso onírico se destruyó cuando un tipo con las manos manchadas de plumón azul, pelo peinado y zapatos de papá me tocó el hombro y me preguntó: "¿Qué es esto?" mientras me quitaba mi lápiz pasta y me miraba el cierre del chaleco. Bah. Ahora seguiré a mi nuevo maestro espiritual: Álvaro Salas, el mismo que afirma que chiste repetido sale podrido, tal como la tapa de mi bic.


2005, en Paniko.cl

Sobre los distintos tipos de llamadas Telefónicas No Agradables .-


Por Andrea Ocampo.


1. No solicitada: franja horaria de todo el día. Suelen ser telemarketers con muchísimo talento y una voz que dan ganas de pegarse un baño en café caliente. Algunos suelen tener bastantes malos modales. A otros se los nota resignados.
2. Siniestra: franja horaria de 3.30 a 5.45 am. Generalmente son portadoras de pésimas noticias, y asustan ya desde el ring. .
3. Interminables: franja horaria, no tiene. Se trata de gente que no tiene nada más que hacer que abrir la boca y dejarse llevar. Suelen traer dolores de cuello, calentamiento de orejas y sueño. Por lo general se reacciona con monosílabos del tipo: see, no, aha, ok.
4. Equivocadas: franja horaria- el momento menos indicado. Por lo general van siempre de a dos. Una detrás de la otra. Ambas veces es necesario escuchar al otro recitar un número que nada tiene que ver con el nuestro
5. Esperada: franja horaria de 19.00 a 24.30. La llamada mesiánica, del "si suena el teléfono salvo el día". Por lo general uno está casi listo para salir corriendo adonde la voz indique. Pero si no suena el ring, se convierte en una llamada reversible. Mientras te secas las uñas llamas al que te olvidó.
6. Perdida: sin franja horaria rígida. Por lo general alguna de las partes está en la calle, y antes de que empiece a hablar sobre su desorientación, un chocopandero ofrece de naranja-piña-mora-crema-mustang. Es una llamada de tipo sordero-gutural, mientras te tapas un tímpano gritas como si fueras un DT.
7. Pitanza: son comunes durante los comerciales del Club de los Tigritos, o de Mekano. Por lo que su franja horaria varía de 15.30pm a 20.40pm. Durante el verano son muchísimas los niños que preguntan por Doña Tina, seguido de un silencio, y finalizado por un "¿y donde se baña la familia cochina?". Por lo general se reacciona con un garabato.
8. Deudora: franja horaria desde las 9am - a 19pm. Una casa comercial contenida en la voz de una mujer, diplomáticamente te amenaza para que desembolses los $350.000 que como estudiante nunca podrás pagar. Comúnmente al momento de cortar, se busca la ropa que compraste, se mete en una bolsa, y se planea ir a venderla a una feria. O quizás empeñar a tu abuela.
9. Adulto Mayor: franja horaria desde las 8.00 hasta 13.00 Por lo general en el horario matinée las tías abuelas, te preguntan a gritos, mientras tosen y estornudan, ¿Aló?¿Con quien habló? Mijita no la había conocido. ¿Cómo te ha ido en la U?¿Cuánto le queda para Salir?¿Tiene pololo?¿Y ha bajado de peso?. Terminando en un frenético "Cuídese mijita, tome las pastillas de homeopatía".
10. Pulmonar: franja horaria de 22.15 a 1.30am. Llamada de tipo silenciosa y de difícil audición, solo se escucha respiración- silencio- respiración- silencio.


2005, en Paniko.cl

Guía práctica de como hacer todo mal .-


Por Andrea Ocampo.


1. No se deje desanimar rápidamente, que como todo, hacer las cosas mal no es fácil.
2. Confíe en cualquiera que se le cruce por adelante. Es una buena forma de comenzar.
3. Abra la boca bien grande y siempre (si, siempre) diga absolutamente todo lo ve o se le cruza por la mente. La diplomacia no es buena a la hora de hacer las cosas bien mal.
4. Duérmase en los laureles sin parar, espere que la gente sea con usted como usted es con la gente y nunca... nunca, pelee por lo que quiere.
5. Camine por el paseo Ahumada con los ojos cerrados.
6. Haga malabares con una botella de veneno. Si no la consigue, con una botella vacía y pesadísima de vidrio.
7. Si piensa que está haciendo algo que está bien, ¡deténgase y medite!. Esa no es una buena forma de hacer las cosas.
8. Si tiene un enchufe a mano. ¡Meta los dedos! Eso es evidente.
9. Cáigase, tropiécese y vuelva a levantase. Hoyos hay en todos lados.
10. El día más estresante del año deje las llaves dentro del auto, de la casa, o en el trabajo. Da igual, el día ya lo perdió.
11. Si su perro es vagabundo póngale una placa con su teléfono, los vecinos lo llamarán cada dos horas avisándole que el animal ha cruzado la comuna. No hay horario de atención fijo, por lo que se encontrará saliendo de su casa más apurado que júnior.
12. Y si quiere perfeccionarse en este arte, vaya a buscar a su perro con tacos, poco a poco sus pies se transformarán en pesuñas.
13. Si es lo suficientemente ciega, como para caerse en invierno por un barranco en pleno Lago Rapel repleto de veraneantes, propóngase llegar a la boya del lago, e inaugure la temporada de pejereyes.
14. Si usted es de esas personas que reconoce la micro por su forma y sus letreros: súbase a la que le parezca más familiar. Confíe, siempre confíe en sí misma.
15. Preocúpese de enamorarse de los pololos de sus mejores amigos. Si no lo hizo en el colegio, hágalo en la U, y si se le pasó la vieja, en el trabajo. Nunca es tarde para enredarse.
16. Si sufre de sordera, no se sorprenda si disfraza a su hijo de jugo kapo, y lo manda al jardín infantil sin colación.
17. Comprenda que mientras el factor "público expectante" exista, todo podrá estar peor. Cerciórese de que ellos estén atentos a lo que usted hace
18. Que no le baste pensar mal de la gente, dígalo en voz alta, y en cualquier lugar. Trate que el aludido lo escuche ya que no hay nada mejor que sentirse recordado.
19. Si le fue mal en una prueba, no estudie para la siguiente, inaugure tendencia.
20. Si aún así no está conforme con sus resultados, no desespere, la ley de Murphy existe; el que persevera, alcanza; la sangre tira y más vale pajarón volando que cien en el suelo.

2005, en Paniko.cl